Cuando pensamos en intérpretes nos remontamos, casi siempre, a los juicios de Nüremberg que fue cuando se inició la interpretación simultánea formalmente reconocida como tal.

Los intérpretes existen desde que el mundo es mundo. Imagino a las tribus nómades de la prehistoria intercambiando expresiones en sus propias lenguas o mímicas o símbolos o signos. Imagino más adelante en los distintos períodos de la historia desde la Edad Antigua hasta nuestros días.

Ya en el Antiguo Egipto en la tumba de Tutankhamón se representa a un personaje desdoblado susurrando por un lado a un embajador asirio y por otro al faraón (aunque no pude corroborar esto, en ninguna imagen de la tumba existe tal representación), muestra de que el intérprete ya en aquellos tiempos desempeñaba un importante papel como mediador lingüístico.

Los intérpretes en el Imperio Romano eran personajes clave en la comunicación entre el Imperio, las colonias y los territorios conquistados, en tanto que en la Grecia helénica no gozaban de prestigio alguno, ya que aunque garantizaban el contacto con los pueblos sometidos, los griegos se consideraban muy superiores a los pueblos bárbaros y esperaban de ellos que aprendieran su idioma.

En la Edad Media aparece la figura del trujamán o dragomán, cuya función estaba relacionada más con el ámbito económico y comercial que con el diplomático.

Hace muchos años, en la facultad disfrutamos con la historia de la Malinche, la princesa azteca que hablaba tanto el maya como el náhuatl y fue entregada al conquistador Hernán Cortés tras la batalla de Centla. Gracias a su bilingüismo, será intérprete, consejera e intermediaria de Cortés y ayudará en el proceso de acusación de Moctezuma y su posterior ejecución.

Y así es como llegamos entonces a la conquista de América, tema de este artículo.

Cristóbal Colón

Los conquistadores se encontraron con unos pueblos con los que necesitaban comunicarse, primero a través de señales y símbolos y luego a través de la comunicación oral.

La política pretendida por la Corte se basaba en el presupuesto de que lengua, catolicismo y conquista se hallaban íntimamente ligados. La lengua se convirtió, pues, en el arma perfecta del Imperio. De ahí que uno de los propósitos principales de la conquista fuese castellanizar al Nuevo Mundo, y a través de la lengua -como esperaba Colón- enseñarles la religión católica.

Para controlarlos y explotar sus riquezas, los conquistadores no necesitaban precisamente la lengua, pero sí para cristianizarlos, necesitaban que los indígenas los comprendieran y para ello necesitaban traductores e intérpretes.

Ya se diferenciaron anteriormente los dos períodos de comunicación: por señales y símbolos primero y a través de la comunicación oral utilizando la lengua. Obviamente, ante la falta de un código lingüístico común, los primeros encuentros tuvieron que ser por señales y símbolos. Según se deduce del Diario de Colón (12 octubre 1492), los conquistadores tomaban posesión de las nuevas tierras recitando una fórmula:

El Almirante llamó a los dos capitanes y a
los demás que saltaron a tierra, y a Rodrigo
de Escobedo, escribano de toda la armada,
y a Rodrigo Sánchez Segovia, y dio que le
diesen fe y testimonio como él por ante todos
tomaba, como de hecho tomó, posesión
de la Isla por el Rey y por la Reina sus señores,
haciendo las protestaciones que se
requerían, como más largo se contiene en
los testimonios que allí se hicieron por escrito.

A esta lectura seguían otros actos simbólicos: cortar la hierba, erigir cruces, colocar piedras, etc., pero si los indígenas no reconocían la toma de posesión por parte de los conquistadores, eran castigados.

Los primeros encuentros no fueron pacíficos, imaginamos que se produjo un gran choque cultural ya que la lengua no es una simple manifestación cultural, existen manifestaciones y concepciones del mundo que se expresan a través de unos signos, signos que hay que descifrar cuando se trata de un código distinto, y son precisamente los traductores e intérpretes los encargados de descifrar estos códigos para pasarlos a la otra lengua.

Cuando Colón estuvo en Trinidad, por señales les indicó a los indios que se acercasen, pero ellos no lo comprendieron. Decidieron entonces organizar una fiesta con música y baile, pero los indios comenzaron a lanzar flechas. Pararon la música y Colón ordenó disparar. Los indios huyeron. Esto nos muestra el primer ejemplo de problemas de comunicación intercultural. Lo que para una cultura sería símbolo de acercamiento, para la otra, indudablemente, pudo haber significado una afrenta.

Con el transcurso de los viajes, Colón se dio cuenta de la multiplicidad de lenguas que existían en el Nuevo Mundo y que significaban un obstáculo, lo que exigía la intervención de los intérpretes. Pero recordemos que no estamos hablando simplemente de una lengua, sino de un contexto intercultural. Tanto los europeos como los intérpretes nativos traducían lo que entendían, o creían entender, según su formación socio-cultural o sus intereses. Los indios que aprendieron la lengua sirvieron de intermediarios, informadores y guías, pero cabe pensar que no siempre favorecían los intereses de los conquistadores, al igual que los españoles, como grupo dominante, tratarían de servir sus propios intereses o los intereses de la Corona.

Hernán Cortés

Al llegar Cortés a Yucatán contaba con intérpretes cuyas lenguas de trabajo -maya y náhuatl- le permitían comunicarse con los habitantes del Imperio Azteca. Sin embargo, estos intérpretes no serían fieles ni lingüística ni políticamente. Su aprendizaje del castellano había sido muy rápido e incompleto, y como no se habían asimilado, acabaron por escaparse para luchar contra los invasores de su país. Cortés, providencialmente, encontró in situ a dos nuevos intérpretes cuya colaboración sería esencial para el éxito de su empresa. Uno lo fue un soldado español -algo letrado pues estaba ordenado de menores- llamado Jerónimo de Aguilar, natural de Ecija, el cual dominaba el maya por haber convivido durante ocho años con los indios de Yucatán.

En cuanto a la Malinche mencionada en un principio, fue una mujer de excepcional belleza y noble linaje indígena, conocida indistintamente como la Malinche o doña Marina. Esta cacica veracruzana poseía el maya y el náhuatl debido a las vicisitudes de su vida. En un principio el Conquistador se comunicaba con los mayas a través de la interpretación de Aguilar y con los aztecas a través del esfuerzo conjunto de éste y doña Marina, en una situación que hoy llamamos de relay consecutive interpretation. Con el tiempo, la Malinche, ya madre de un hijo de Cortés, aprendió el castellano y le sirvió no solo de intérprete sino también de consejera y hasta de espía. Con razón dijo Bernal Díaz del Castillo que: «… doña Marina en todas las guerras de la Nueva España y Tlaxcala y Méjico, fue tan excelente mujer y buena lengua [intérprete]» – y agrega – «… fue gran principio para nuestra conquista … porque sin ir doña Marina no podíamos entender la lengua de la Nueva España y México.»

Los Doce

En 1521 llegaron nuevas expediciones y comenzaron nuevos encuentros. Gonzalo de Ocampo fue el líder de una expedición de castigo que fundó Toledo. No se preocuparon por enseñar ni la lengua ni la religión. Necesitaban esclavos para las encomiendas y su único contacto lingüístico con los nativos, si es que lo hubo, fue para conseguir indígenas que les sirviesen de intérpretes. Así también en futuras expediciones llegarían soldados que no estaban obviamente interesados en la religión ni en castellanizar a los nativos, sino en hacer fortuna. Esta incapacidad de Cortés para resolver la cuestión religiosa se hizo bien evidente en 1534, cuando encomendó a los franciscanos la labor de cristianizar a los indios. Con la llegada de un grupo numerosos de franciscanos -Los Doce- se produjo un nuevo cambio en las bases de la conquista. Las bases del Nuevo Imperio eran la religión y las letras, de acuerdo con el Humanismo imperante en Europa; sin embargo, los franciscanos no pensaban en obedecer las ordenanzas reales y pronto comenzaron a aprender las lenguas de los indígenas en lugar de enseñarles a ellos el español y se convirtieron en los nuevos traductores e intérpretes. Entendían que su misión era cristianizar a los infieles, no enseñarles su idioma y, cuando en 1550 Carlos I les pidió que enseñasen también la lengua castellana, algunos (e. g. Fray Rodrigo de la Cruz) llegaron a sugerir que fuese el náhuatl, una lengua indígena de la Nueva España, la lengua oficial, sugerencia llegó a convertirse en realidad.

Los frailes continuaron aprendiendo las lenguas nativas de las nuevas regiones a las que iban y tratando de educar a los nativos, siendo éstos utilizados pronto como intérpretes en lugar de los españoles. Algunos de estos frailes eran políglotas (según algunos autores había frailes que hablaban hasta 10 lenguas diferentes). No dejaron por ello de tener problemas, pero continuaron con su propuesta de convertir el náhuatl en la lengua oficial y en 1558 el virrey Luis de Velasco escribió a Felipe II sobre los nuevos planes: abrir escuelas para enseñar el náhuatl a los jóvenes de otras regiones de modo que luego fuesen ellos los que pudiesen extender el mensaje de la religión verdadera. Y en 1570 Felipe II declaró lengua oficial el náhuatl.

Qué pasó con Pizarro

En la conquista del Perú el papel de los intérpretes fue diferente. Resultó, si se quiere, más dramático, más espectacular, pero menos profesional.

El punto decisivo de la conquista del Perú fue el apresamiento del inca Atahualpa al rechazar éste el requerimiento que se le hacía para que aceptara la verdad del cristianismo y la soberanía de los Reyes de España. Sin la colaboración de los intérpretes no se hubiera podido cursar la invitación al Inca para la encerrona de Cajamarca, ni haberse llevado a cabo el requerimiento, pues por ley era necesaria la presencia de un escribano y de un intérprete. En honor a la verdad, hay que recordar que el intérprete principal en este caso fue un indio de la isla de Puná, bautizado como Felipillo, que había aprendido el quéchua en Túmbez de boca de indios que los tenían como segunda lengua, y el castellano de oír a los soldados españoles. Todos los historiadores están de acuerdo en que la interpretación del requerimiento estuvo muy lejos de ser fiel y que los conceptos vertidos en la lengua fuente no tenían una muy exacta contrapartida en la receptora. Hay autores que, además, afirman que Felipillo pertenecía a una tribu enemiga del inca, y mantenía amores ilícitos con una concubina de Atahualpa, por lo cual efectuó la traducción oral de forma que fuera ofensiva para el monarca indígena.

Es interesante señalar que en esos tiempos no se reconocía el término “intérprete”, sino el de “lenguas” o “lenguaraces”, es decir, aquellos que tenían la tarea de intermediar entre dos culturas valiéndose de sus conocimientos culturales, idiomáticos y expresivos.

 

Hasta aquí una breve semblanza de la actuación de los intérpretes en algunas de las colonizaciones de América. Por supuesto también tuvieron su lugar los traductores, pero esto será tema de otro artículo.

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Fuentes consultadas:

http://www.lematraductores.com/blog/historia-interpretacion/

HIERONYMUS. Núm. 3. Carmen VALERO GARCÉS. Universidad de Alcalá de Henares Traductores e intérpretes en los primeros encuentros colombinos. Un nuevo rumbo en el propósito de la Conquista.

Livius, 1 (1992) 25-34. Leonel Antonio de la Cuesta. Intérpretes y traductores en el descubrimiento y conquista del nuevo mundo.

 

 

 

LOS INTÉRPRETES EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA
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