El diccionario etimológico del castellano por excelencia es “el Corominas”, el diccionario crítico etimológico cuyo autor fue Joan Coromines (o Corominas, según se escribe a veces). Esta obra hace las veces de diccionario histórico al que acudir para ver las primeras apariciones de los vocablos y la documentación de su uso a lo largo del tiempo, aporta repertorios de fonética y morfología histórica en los que seguir los avatares de sonidos y formaciones (según lo describe la Editorial Gredos). Pero esta Historia de las Palabras a la que hago alusión no tiene nada que ver con la obra filológica de uno de los lingüistas más reconocidos del mundo.

No recuerdo exactamente qué información estaba buscando, hace poco, cuando di con el historiador Daniel Balmaceda (*). Como la historia no es mi fuerte y jamás fue santo de mi devoción, lo reconozco, me llamó la atención que entre sus libros figurara este: “Historia de las palabras”. Como soy una apasionada de todo lo que tenga que ver con la lengua, la palabra, en cualquier idioma, decidí que no debía dejar pasar la oportunidad para, cuanto menos, ojearlo.

Ya en la introducción establecí una conexión directa con el autor cuando dice: “Porque de la misma manera que alguna vez pudo despertarme curiosidad el nombre de una calle, siempre me ha interesado conocer los orígenes de los vocablos”. Los que me conocen saben que todavía tengo pendiente la compra de algún libro sobre la historia de los nombres de las calles de Buenos Aires (el de Vicente Osvaldo Cutolo o el de Gabriel Piñeiro, tendré que ver). Y que por otra parte me encantaría perderme en algún diccionario etimológico para aprender más sobre el origen de las palabras. Así que seguí adelante con la lectura. Descubrí que fue colaborador de la revista Idiomanía, no lo recordaba. Coleccioné esa revista dirigida por mi colega de idioma sueco (Ricardo Naidich) y en la cual también publiqué un artículo.

En la contratapa leemos: “¿De dónde surgieron términos como “abatatarse” o “boicotear”? ¿Por qué les decimos «cubiertos» a los utensilios que usamos para comer?” Y es que este libro es un anecdotario, simple y divertido, con capítulos bien estructurados y con un hilo conductor.

Historias como las de por qué la hojita de afeitar recibió el nombre de “Gillette” o por qué la guillotina se llamó así, tal vez sean más conocidas que otras, para mí, nuevas y curiosas.

Por ejemplo: ¿por qué a los actores se les desea “mucha merde” (para no usar la palabra “suerte”)? Hay dos versiones: una sostiene que en las principales ciudades europeas, a comienzos del siglo XX, una acumulación del desecho del equino en la puerta del teatro significaba una buena asistencia y, por lo tanto, una considerable recaudación. Desear mucho estiércol en la entrada era sinónimo de augurar una función a sala llena. La otra versión (menos popular al parecer) alude a los artistas ambulantes de la Edad Media. Por una cuestión práctica se dirigían a los pueblos donde había aglomeración de gente, lo que aumentaba el número de potenciales espectadores. Esto se daba en los sitios donde se realizaba una feria, actividad que atraía incluso a los hombres y mujeres de poblados vecinos. ¿Y cómo sabían los artistas si había una feria? Observando la cantidad de bosta que encontraban en el camino. Por lo tanto, decirles “mucha merde” significaba desearles que encontraran cantidad suficiente para que les permitiera tomar el rumbo correcto.

Los títulos de los capítulos son atractivos, como el de “Reuniones de Tupper”, en el que narra la historia de los famosos recipientes para comestibles de tapas herméticas. O el de “La punta loca”, en el cual cuenta la historia de László József Bíró, el inventor del bolígrafo, que cinco años después de su patentamiento fue perfeccionado junto a su socio Johann Georg Meyne, llegando así a nuestra actual “birome”.

Muchos términos de nuestro vocabulario, sigue diciendo Balmaceda, han surgido a partir de nombres geográficos. El casimir se elaboraba en Cachemira; fueron los habitantes de Bayona (Bayonne en francés) quienes colocaron cuchillos en la punta de sus rifles y crearon las primeras bayonetas de la historia, en 1640; el famoso sombrero panamá que, según parece, es originario de la ciudad de Jipijapa, Ecuador.

Hay otras historias que tienen más de una versión, como todo. Por ejemplo: dice Balmaceda que la industria del tul se inició en la ciudad francesa de Tulle. Sin embargo, al visitar el sitio oficial de la ciudad, leí que son los creadores de la “puntilla” (dentelle, en francés) y que incluso organizan un festival todos los años. Parece ser que la fabricación del tul industrial nació en Inglaterra de la mano de Frost y Holmes en 1777 (perfeccionado por Heathcoat en 1808) y que llegó a Francia a fines del s. XVIII. Su producción en ese país se expandió a partir del s. XIX, pero la calidad era inferior a la del tul inglés. Para no desalentar la producción nacional, Napoleón prohibió su importación en el año 1802.

O la de la mayonesa, que en el libro dice que fue descubierta por los franceses de Mahón (ciudad de Menorca) a mediados del s. XVIII, cuando se disputaban con los ingleses las islas Baleares, en tanto que la otra versión publicada en un artículo del diario “El País” dice: “¿La descubrieron los franceses en Mahón entre 1756 y 1763, durante los siete años en los que las tropas del Duque de Richelieu ocuparon la isla? (…) “Aunque nadie ha demostrado de forma fehaciente que surgiera en Menorca, varias hipótesis de peso sostienen que se conocía antes de la llegada de los franceses.” Es interesante señalar que los españoles la llaman “mahonesa” y que la palabra “mayonesa” proviene del francés “mayonnaise”.

Ahora bien, no pude con mi genio, seguí investigando y llegué a otra versión, la del Oxford English Dictionary que registra el uso de la palabra «mayonnaise» en inglés en el año 1815 (“mayo”, para los íntimos). Y el Larousse Gastronomique sugiere: «Mayonnaise, desde nuestro punto de vista, es una corrupción popular de moyeunaise, que deriva de una palabra del francés muy antiguo moyeu, que significa yema de huevo. La salsa pudo haber recibido el nombre de mayennaise por Charles de Lorraine, duque de Mayenne, que dicen que se tomó su tiempo para terminar de comer el pollo con una salsa fría antes de ser derrotado en la Batalla de Arques. Según Trutter et al.: «Es muy probable que, donde quiera que existiera aceite de oliva, se originara una simple preparación de aceite y huevo — especialmente en la región Mediterránea, en donde se prepara la aioli (aceite y ajo).

En resumen: un hermoso libro para todo aquel que ame la palabra, que se interese por la escritura, la difusión de ideas, sea periodista o escritor, bloguero o traductor (supongo que no tengo que aclarar que las mujeres estamos incluidas…).

 

 

(*) Nació en Buenos Aires en 1962. Es periodista graduado en la Universidad Católica Argentina y fue editor de las revistas Noticias, El Gráfico, Newsweek, Aire Libre, La Primera, el suplemento escolar Cole Club y los Periódicos de la Historia, un material realizado especialmente para colegios. Es miembro titular y vitalicio de la Sociedad Argentina de Historiadores y miembro de la Unión de Cóndores de las Américas. Presidió la Fundación Cristóbal Colón entre los años 1989 y 1993. Es columnista de historia argentina en diversos medios del país. Fue encargado de prensa de la Secretaría de Industria, Comercio y PyMEs, y asesor de prensa de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentos de la Nación. Es autor de Espadas y Corazones. También publicó los best sellers Romances turbulentos de la historia argentina e Historias insólitas de la historia argentina. En Random House Mondadori ha publicado los libros Historias inesperadas de la historia argentina, Historias de corceles y de acero y Biografía no autorizada de 1910.

 

HISTORIA DE LAS PALABRAS
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